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“Viaje al blanco” escrito por Jordi Canal-Soler

El paisaje se extiende hasta el horizonte en un mar de hielo infinito. El frío es extremo y la luz de un sol que no se esconde en todo el día ciega la vista. Desde aquí sólo se puede avanzar en una dirección: el sur. Esto es el Polo Norte, un lugar al que desde la antigüedad los exploradores soñaron con llegar, como si el punto más al norte del planeta fuera una especie de imán que los atraía.

Desde la base de Barneo, que los rusos montan cada año en el hielo a la deriva cerca del Polo, un helicóptero nos llevó hasta el inicio del paralelo 89ºN. Un guía profesional, Ramón Larramendi, nos compaña en una expedición de cuatro componentes. Él es el experto que logra encontrar la dirección correcta orientándose con la posición del sol y la hora, pues en este punto del planeta las brújulas no funcionan. Necesitamos llevar todo lo necesario para sobrevivir unos diez días en el hielo, con temperaturas que pueden llegar a los -40ºC.

Comida, combustible, una tienda de campaña, sacos de dormir y ropa de invierno ocupan la mayor parte del equipaje, que viaja sobre trineos. Avanzar por el hielo marino es una experiencia tranquila la mayor parte del trayecto, pero como las corrientes del agua y el viento lo mueven, puede fragmentarse en placas que quedan a la deriva.

Cuando éstas chocan entre sí, forman tramos en que el hielo se levanta como si fuera una barricada y hay que pasar tirando de las cuerdas sujetas a los trineos. Con los esquíes en los pies y los bastones como apoyo, se intenta superar estos obstáculos. Es uno de los momentos más duros del viaje. También hay dificultades si las placas de hielo se separan creando grietas o canales de agua que a las pocas horas se congelan. Si son demasiado grandes, lo mejor es armar el campamento y esperar a que el hielo sea lo suficientemente grueso para pasar.

El campamento, que montamos siempre al final de cada jornada, es una extensión llana, alejada de cualquier grieta y con nieve, en la que se preparan bebidas calientes, la cena y el desayuno. Levantar la tienda es un arduo trabajo de equipo. Hay que alisar el suelo, cubrir el techo y preparar la nieve para fundir. En su interior, los infiernillos nos proporcionan calor y secan la ropa húmeda. El frío y el esfuerzo nos obligan a ingerir una dieta con el doble del valor energético de lo que usualmente consumimos en casa.

El sol no se pone tras el horizonte, gira sobre nuestras cabezas e ilumina el interior de la tienda cuando sacamos el infiernillo y entramos en los sacos de dormir. Sin calor, la temperatura llega hasta los -15ºC, pero con dos sacos por persona y la mayor cantidad de prendas encima es posible dormir caliente. A la mañana siguiente, un desayuno fuerte nos permite aguantar los rigores de la jornada. Así transcurren las diez etapas hasta llegar al Polo.

Poco a poco, metro a metro, deslizándonos por el hielo sobre nuestros esquís, nos acercamos al objetivo…

Los kilómetros finales son los más emocionantes. Con el GPS en la mano hay que buscar el punto exacto. Dígito a dígito, en la pantalla del aparato va aproximándose el número anhelado. Al final, por un breve espacio de tiempo, el Polo aparece en la pantalla: 89,999ºN. Aunque no se llega hasta los 90ºN, por una fracción de segundo el Polo Norte estuvo bajo nuestros pies.

Por un instante, sobre el hielo ártico, por encima de más de cuatro mil metros cúbicos de agua salada, estuvimos sobre el eje de la Tierra, en donde nuestro planeta cada día da una vuelta entera. Es hora de abrazarse con los compañeros de expedición y celebrar el fin de esta travesía. Al volver a casa permanece la satisfacción de haber conocido el lugar más remoto del mundo, de una dureza extrema pero con una indescriptible belleza.

 JORDI CANAL-SOLER, el autor, es escritor y fotógrafo de viajes. Ha viajado a más de 60 países y ha escrito más de ochenta artículos en varias revistas de viaje. Participa en varios programas de radio y televisión para divulgar sus viajes y su pasión por la diversidad del mundo.

Presenta VIAJE AL BLANCO (Editorial UOC), el libro de la expedición Último Grado al Polo Norte, donde relata los diez días de la expedición.

viaje al Polo Norte

Jordi Canal-Soler

intro JCS

“Morella en invierno” escrito por Escritora Viajera

El hecho de ser periodista autónoma da una gran libertad a la hora de visitar lugares con un alto valor turístico. Así, estos días he tenido la ocasión de acercarme hasta Morella, en la comarca ‘dels Ports’ de la provincia de Castellón, donde antes de llegar parecía que estaba entrando en un cuento de hadas. Y es que la niebla cubría todo el paisaje, en el que el protagonista es el castillo que se alza sobre la montaña, y que estos días hay que abrir bien los ojos para poder dar con él.

Nunca había pisado esta localidad medieval, y agradecí que mi primera toma de contacto con ella fuera en invierno, ya que durante la época estival suele estar abarrotada de visitantes y viajeros, y de alguna manera se pierde la esencia de sus piedras milenarias, que recogen millones de historias en cada rincón.

Además, visitar Morella en invierno pide tiempo para poder dejarse perder sin prisa por sus calles y callejones solitarios, por sus incontables escaleras y sus caserones. Algo que permite disfrutar de la visita de una manera más auténtica, mientras te vas sitiendo cada vez más cubierto por la niebla, mientras una mujer con acento argentino te indica cómo dar con un sitio adecuado para dejar el coche.

Llegada la hora de la comida, al ser un lunes de temporada baja, casi todos los establecimientos hosteleros estaban cerrados haciendo cuentas o limpieza. O las dos cosas. Así que me dejé caer por la calle Mayor en busca de algún sitio abierto. Finalmente, el Restaurante Blanca era uno de los pocos con las puertas abiertas. Sus escaleras hacia abajo le daban un aire acogedor muy típico de estos pueblos de interior. Su precio, a 12 euros por cabeza, inmejorable.

Si estás buscando un plan diferente, próximamente, entre enero y marzo, celebrarán las Jornadas de la Trufa. Un ingrediente de un precio elevado, y que en esta zona de Castellón cuidan con mimo, ya que consigue mover cantidades considerables de dinero en restaurantes, comercios, y empresas gastronómicas. Seguro que te dejarán con buen sabor de boca, y te irás con ganas volver a este Macondo con aire español.

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Gemma Teodoro Baldó

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www.descubrecastellon.com

www.escritoraviajera.com

 

 

Fragmento de “Ruta 66: Arizona y California” escrito por conlacasaacuestas.wordpress.com

ruta 66

Último destino, Los Angeles y la ruta para llegar hasta allí la mítica carretera madre, la Ruta 66. Desde Chicago hasta orillas del Pacífico en Santa Mónica, atraviesa EEUU durante 3860 kilómetros cruzando ocho estados, pasando por lugares emblemáticos y por zonas rurales, mostrando lo más auténtico de Norte América.

Los dos extremos de la carretera se unieron en 1926, pero no fue hasta la Gran Depresión cuando los granjeros la utilizaron masivamente para huir de las tempestades de polvo (Dust Bowl) que sembraron de pobreza y de desolación algunos estados favoreciendo la emigración hacia otros como California. Después de la II Guerra Mundial muchos norteamericanos animados por el progreso y el bienestar, se animaron a recorrerla para disfrutarla. Fueron años prósperos para las atracciones turísticas cercanas a su trazado y muchos se beneficiaron de este auge, abriendo negocios dedicados a satisfacer a los viajeros y visitantes que cruzaban el país.

Años después, las nuevas interestatales la arrinconaron, llenando de polvo y de abandono gasolineras y pequeños comercios familiares creados por el auge de su éxito. Pueblos enteros desaparecieron, hasta que, finalmente en 1985, la Ruta 66 dejó de existir oficialmente. Pero nostálgicos y defensores no dejaron que cayese en el olvido y la convirtieron en lo que hoy es, una puerta a la América más profunda, un viaje a los años 50 donde el tiempo parece haberse detenido.

Muchos de sus tramos se convirtieron en carreteras locales o fueron sustituidos por carreteras más rápidas reformandose y manteniendo su trazado original. Otros pasaron a ser caminos privados y otros, simplemente, se olvidaron y acabaron por desaparecer. Viejos Mustangs llenan sus aceras y arcenes, y de muchos de ellos solo queda un amasijo de hierros oxidado. Gasolineras que, a día de hoy, muestran precios del día que fueron abandonadas, siguen decoradas con carteles metálicos con conocidas marcas de refrescos. Ruidosas Harleys Davidson recorren su asfalto acompañadas de nostálgicos empedernidos enfundados en pantalones y chalecos de cuero. Veneran lo que significó. Es el mito hecho carretera.

Williams, puerta de entrada al Grand Canyon, es la primera población de la Ruta 66 que encontramos. Moteles y tiendas de souvenirs llenan su calle principal y todo en ella gira alrededor de La Calle Principal de América y de sus años de esplendor. Hasta alguna de sus dependientas, con cierta edad, va vestida como si hubiese salido de la película Grease, coletas y lacitos incluidos.

Siguiendo la ruta hacia el oeste, se encuentra Seligman. Sin duda, vivió tiempos mejores, pero ha sabido adaptarse y sobrevivir al cambio, aprovechando el filón de estar considerada la población en la que se inspiró Disney para su película Cars. Decenas de coches decorados con ojos inundan sus calles sin dejar muy claro si esa decoración es anterior o posterior a la famosa película, aunque lo cierto es que muchos de esos ojos llevaban muuuuuucho tiempo pintados en los automóviles. Sus abandonadas gasolineras y bares de soda se han convertido en tiendas de souvenirs que conservan el mobiliario y los elementos característicos de lo que fueron. Fotos y carteles de Elvis y Marilyn llenan sus fachadas y escaparates. Todo es un poco artificial y extraño pero es agradable pasear por su Main Street y entablar conversación con alguno de los lugareños, si se tiene la oportunidad… (Para leer el resto del relato clickar en la imagen del blog que tienes a continuación)

Marta Fernánez Rico

bkig de viajes

“Perfiles_Egipto_El panadero del El Cairo” escrito por viajadviajadmalditos.com

viaje a Egipto

Resta decir que de las sensaciones viajeras, una de las más valiosas sin duda es el contacto directo con las gentes de cada lugar. Valiosa porque serán el tipo de sensaciones que llenan nuestro corazón para siempre, y ya sabemos que tener el corazón lleno, como la barriga, es fundamental en este viaje que es la vida. Hay personas que te abren las puertas de tu casa, que reparten la poca o mucha comida que tengan contigo, que te hacen un hueco en la baca del coche con tal de no verte tirada en mitad de una carretera….y hay personas cuyos gestos son pequeños y silenciosos. Ellos sacan chispas en el alma cada vez que se les recuerda. Tuve la suerte de visitar Egipto mientras una pareja de amigos vivía allí. Digo la suerte porque esto te permite integrarte plenamente y huir del circuito cerrado compuesto por los barcos lujosos de la ribera del Nilo, y el barrio/bazar “vamosasacartelavida”: Khan el­Khalili. Nunca tomamos ningún barco en el Nilo que no fuese la embarcación tradicional que ya se usaban desde tiempos antiguos: viajamos en “falucas”. Y bajábamos a comprar el pan y el zumo de tamarindo a las calles del barrio…como todo hijo de vecino. Este panadero del barrio me regalaba un pan cada mañana detrás de una sonrisas tímida. Y cada mañana yo me quemaba los dedos con el aire caliente que salía de ese bollito en forma de bolsita hinchada de calor. Y cada vez él se reía y me decía palabras incomprensibles, pero amables. Hay idiomas que se comunican a través del brillo de los ojos. Momentos que quedan en la memoria y en el corazón….por eso es que “recordar” quiere decir: volver a pasar por el corazón. ¡Nunca dejemos de recordar!

Sonsoles Lozano

viajad viajad malditos1

 

“Wherever you go, go with all your heart” escrito por un plan infinito

un plan infinito

A donde quieras que vayas, intenta abrirte al mundo; huele, prueba, sumérgete, relaciónate, emociónate… vive la experiencia a tope y habrás  entendido el  verdadero sentido de viajar. Aprovecha cada momento para aprender:  idiomas, costumbres, recetas… nada debería de resultarte indiferente! Miramos sin ver, acumulamos recuerdos de sitios y fotos… Pero si por donde pasamos no hemos dejado al menos un amigo,  y hemos vuelto igual que habíamos ido, entonces… no habremos conseguido nada!

El viaje es mucho más que desplazar nuestro  cuerpo, es también desplazar nuestra alma y sentir que cada parte del mundo nos pertenece, porque somos nómadas por naturaleza… y el mundo es todo nuestro para recorrerlo! Somos parte de él! Recuerda  que no hay grandes diferencias entre nosotros  y que no hay distancia que no acorte una sonrisa :D. Habla, pregunta, toca, siente, escucha, observa, aprende, enseña…

Porque  si no lo haces, TE HABRÁS PERDIDO LO MEJOR DEL VIAJE.

Rocío Tizón

un plan infniito petit

“Cada viajero es un mundo”  escrito por pisando méxico

viajar a México

Los modos de viajar y el gusto por viajar, no siempre se dan igual; cambian los medios, las rutas, los tipos de destinos, en fin ¡Cada viajero es un mundo!

Recuerdo que durante mucho tiempo cuando estaba cursando la preparatoria, insistía mucho a mis padres con conocer las playas de Michoacán, en especial Maruata. Alguna vez planee hacerlo con mi Coach de basket-ball quien disfrutaba bastante de ella y que me contaba sus anécdotas. Yo cada vez deseaba conocer y poder viajar hasta ese rincón mexicano que se volvió mi paraíso; mi propio rincón y lugar favorito; mi santuario.

Habíamos viajado en familia, como siempre, al “rancho” de mi abuelo que se encuentra a mitad de la Zona Purépecha en Michoacán. Una huerta de aguacates que mi abuelo compró a un compadre, varios años antes de fallecer, en donde construyó una cabaña con la idea de hacer de ella un espacio para toda la familia en su tierra natal.

La visita al rancho la habíamos realizado para pasar las fiestas navideñas allá con los primos de antaño y de quien disfrutamos mucho la compañía, sin embargo llegamos varios antes de las festividades. Mi madre sufría el frío y al quinto día ya no encontrábamos con divertirnos pues conocemos de sobremanera el lugar y sus alrededores. Aburridos y con ganas de regresarnos, pasaron los festejos invernales. Mi padre, con las ganas de seguir fuera, nos incentivó una mañana, sin previo aviso con ir a la playa. La realidad es que en principio no le creímos pues era tradición no ir a la playa en esas fechas sino visitar a familiares y demás. Al decir eso mi padre la única playa cercana que se me ocurrió fue Ixtapa-Zihuatanejo, pero no fue así; Mi padre comentó dirigiéndose a mí – Vamos a la playa, esta, que quieres conocer ¿cómo es que se llama?… Contesté- Maruata- Me veía incrédulo ante mi padre, para ser honesto, pero para mi sorpresa, fuimos a Maruata a campar. Mi hermana la mayor puso el grito en el cielo, pero no fue impedimento.

Todo el viaje sentía una gran adrenalina en el cuerpo, el viaje lo disfruté tanto como cuando eres niño y sabes que irás a casa de los abuelos; sabes que te espera ser consentido con dulces, mimos, juguetes, sorpresas o qué sé yo. Disfrutaba de ver los cambios de ecosistemas: de un templado pasamos al bosque; del bosque al semi-desierto; del semi-desierto a la selva alta y de esta a la baja, hasta llegar a los escasos metros sobre el nivel del mar. La primera playa a la que llegamos por la tarde fue Lázaro Cárdenas, el puerto más importante de México en la actualidad. Visitamos una playa de piedras de todos colores y tamaños, recogimos algunas cada quien mismas que aun mi madre conserva en una fuente en el patio trasero de su casa. Salimos de tarde de esta playa rumbo a Playa Azul, la más conocida o visitada de la costa michoacana. Finalmente llegamos a Maruata, ya por la noche, parte del camino no logré ver mucho de las playas pero vislumbré uno de los atardeceres que nunca he de olvidar. Llegamos a la playa y mis hermanas rogaban por dormir en una cama que no fuera de arena: durmieron en tienda de campaña; mi hermano menor y yo montamos una carpa de jardín con mosquitero e inflamos un colchón. No puedo describir la noche por que no acabaría. Tenía, yo, una suite presidencial a lado del mar con vista panorámica hacia al cielo; fresca y con sonido surround de alta fidelidad y de música las olas.

En aquella ocasión recorrí la costa entera de todo un estado, y el que más amo de los 32 de este país… un roadtrip familiar no planeado, con un grupo de viajeros distintos todos. Un viaje definitivo y definitorio para mí… un viajero empedernido, amante de su tierra.

José Alfredo Vazquez

pisando méxicofacebook

 

 

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